El Matterhorn, Rocío, Pedro y yo
Eran las dos y media de la mañana y ya estaba despierto. En la habitación del refugio Hörnlihütte no hacía mucho frío. Mis cuatro compañeros de habitación no habían roncado... un milagro. Esperaba no haberlo hecho yo tampoco. Me quedaba media hora antes de que sonara la alarma para intentar cumplir uno de mis sueños: escalar el Matterhorn. Casualmente, hoy se cumplían veinticinco años desde que me casé con Rocío, y aquí estaba yo, a tres mil doscientos sesenta metros de altitud, esperando el momento para ponerme en marcha. Ya no podía dormir y aproveché para felicitar a Rocío por Instagram. Hoy, ella sería la protagonista en las redes.
A las tres, las alarmas de los móviles de los alpinistas comenzaban a sonar y el refugio despertaba. La gente, con cara de sueño, se vestía y ajustaba su equipo: mochilas, arneses, cascos, frontales asegurándose de que las pilas funcionaran, y almacenaban geles y barritas energéticas para tener fuerza para la subida.
Evidentemente, ya estaba muy nervioso. Bajé con todo el equipo al desayuno donde ya estaba mi guía Nino. En el comedor del refugio, unas ochenta personas desayunaban en un ambiente cargado de tensión y silencio; el día sería largo para todos. Para subir al Matterhorn hay un orden estricto de subida. Primero salen los montañeros que han contratado un guía suizo, luego los que hemos contratado guías internacionales, como yo con Nino, mi guía y amigo canadiense. Finalmente, van los montañeros sin guía.
El Matterhorn, una de las cunas del alpinismo europeo, mide 4.478 metros y está considerado como una de las grandes ascensiones de escalada técnica del mundo. La vía más usada es la suiza, que empieza en el Hörnlihütte, un refugio moderno situado al pie de la montaña, ascendiendo mil doscientos metros por la abrupta arista noreste.
De repente, el silencio del desayuno se transformó en un murmullo in crescendo. Las puertas del refugio se abrieron y los guías suizos con sus clientes salieron en estampida. No entendía su prisa. Nino y yo esperamos pacientemente nuestro turno y empezamos a andar. Eran las cuatro de la mañana, hacía frío, la noche era clara con oscuridad total, y solo veía la fila de botas de mis predecesores iluminadas por los frontales del alpinista que le seguía. Diez minutos después llegábamos a la base de la arista, al Stufen, una especie de pared "ahuyenta turistas". Allí esperábamos, viendo cómo poco a poco los montañeros ascendían y la fila de luces se movía por el horizonte.
Llegó mi turno. Nino subía primero y yo iba encordado a él. Los primeros diez metros los subía él y yo lo seguía. Todo parecía ir bien. El día anterior, a las seis de la tarde, habíamos hecho los primeros doscientos metros de ascensión para familiarizarnos con los anclajes, las cuerdas fijas y el estilo de trabajo. Empezamos bien, pero mi reloj, que monitorizaba mi ritmo cardiaco, mostraba que estaba en 160 pulsaciones por minuto con picos de 170. No entendía la diferencia. El día anterior estaba en el mismo lugar con un ritmo de entre 130 y 140. Nino me había dicho que hoy iríamos más rápido, pero esto no tenía sentido. De repente, un déjà vu. Me vi tres años atrás, en el mismo lugar, con las mismas pulsaciones, fracasando en mi primer intento de subir al Matterhorn. ¿Qué está pasando? ¡Pedro, por favor, ayúdame!
Pedro era mi amigo, con quien había organizado este viaje. Un alpinista experimentado con un corazón grande y generoso. Desgraciadamente, Pedro falleció en diciembre del año pasado. Sabía que estaba ahí arriba, animándome, tirando de mí y a él me encomendé.
La primera hora de ascensión era la menos técnica, donde se escalaba menos y se andaba más. Pero, con el corazón saliéndome por la boca, estaba exhausto y cada vez más nervioso por la posibilidad de volver a fracasar. Sí, hace tres años ya lo había intentado, con mi amigo Iñigo, y nos salió todo mal. Cuando llevábamos más o menos una hora de ascensión, nuestro antipático guía suizo nos dijo que nos olvidásemos de hacer cumbre, y nos recomendó subir una montaña alternativa. Desde entonces, solo he estado pensando en volver, analizando los errores cometidos y en qué hacer para no repetirlos.
Y así es como hace seis meses, Pedro y yo diseñamos un plan para escalar el Matterhorn aprendiendo de los errores anteriores. Un plan muy "nerd" de seis pasos. Uno, perder diez kilos de peso. Dos, mejorar la técnica de escalada, con la ayuda de Josito y sus guías en varias salidas en la Pedriza y Gredos. Tres, mucho gimnasio, especialmente subiendo el Stairmaster, una diabólica escalera sin fin. Cuatro, hacer sesiones de hipoxia intermitente con Fernando, en un gimnasio de Madrid, para empezar a acostumbrar a tu cuerpo a prepararse para el menor oxígeno en altitud. Cinco, hacer unos días de aclimatación antes en Zermatt, y seis, encontrar un guía con empatía, y preferentemente un guía no local. El guía en la montaña es como tu jefe supremo. Depositas tu vida en sus manos y hay que obedecerle en todo, pero hay una gran diferencia entre un guía que te genere empatía, que te anime y con el que estableces una relación de complicidad y un guía antipático, tengo que decirlo, generalmente suizo, que te trata como una mercancía, es inflexible y que le da igual si haces cumbre o no. Así es como entrevistamos y contratamos a Nino.
Comunicamos nuestro plan a los Rock Friends, el grupo de amigos que creé hace once años después de haber hecho algunas ascensiones como el Kilimanjaro y el Mont Blanc. En esa época pensé que quería compartir mi incipiente pasión por la montaña con mis amigos. Empecé a llamar a amigos, todos razonablemente de la misma edad, gente simpática, sana, deportista, y que pudiesen encajar entre ellos. The Rock Friends se creó con los que se animaron a la aventura. El primer año fuimos a Marruecos a subir el Toubkal, la montaña más alta del Atlas. Recuerdo ese año que la gente se miraba entre sí, no se conocían demasiado, pero al final de la semana lo pasamos muy bien. Once años después, somos un grupo muy consolidado de amigos, sano, divertido, deportista, y con un objetivo muy claro: quedamos una vez al año en verano en alguna montaña y nos dedicamos a hacer ejercicio, comer, beber y pasar un buen rato juntos. Somos Alexis, Aquilino, Dominic, Ignacio, Jaime, Joakim, John, Per, Txente, Stefan, yo, y por supuesto, Pedro.
Rock Friends 2024 iba a ser en Zermatt, el pueblo al pie del Matterhorn, para que sirviese de aclimatación a los que fuésemos a escalar la montaña. No animé a nadie al segundo plan. El Matterhorn es una montaña muy exigente y con cierto nivel de peligro. Yo anuncié mis planes y Pedro, Joakim y Per dijeron que ellos también se apuntaban.
Y así, el domingo, después de pasar dos divertidísimos días escalando por los Alpes, incluyendo una subida al Breithorn, un pico de 4,100 metros, despedimos a los que volvían a casa y Joakim, Per y yo, ascendimos al Hörnlihütte para subir el Matterhorn el lunes. Cuando llegamos arriba, desgraciadamente, cayó un paquetón de nieve que hizo que las condiciones de ascensión fuesen muy duras. Acordé con mi guía Nino que me quedaría dos días más esperando que la nieve fundiese, y desgraciadamente, Per y Joakim tuvieron que volver a Madrid, no sin antes haber experimentado cómo es una subida parcial a la montaña, hasta que la nieve hizo su aparición. Me quedé dos días teletrabajando en Zermatt, como dije a mis compañeros de oficina, “aburrido en el paraíso”.
Pero volvamos a la ascensión. Aquí estoy, una hora después de haber salido, reventado físicamente, pensando que iba a fracasar, y encomendándome a mi querido amigo Pedro, para que tirase de mí desde arriba.
Después de la primera hora, comenzaba la escalada más técnica. Empezamos a bajar la velocidad para empezar la escalada propiamente dicha, y afortunadamente, mi corazón baja el ritmo y recupero fuerzas. En el Matterhorn, se asciende encordado a un guía. Él va delante, llevando la cuerda en la mano, y tú vas con la cuerda atada al arnés, manteniendo una distancia de dos metros. Cuando se llega a una pared que escalar, él la sube primero, te asegura en uno de los múltiples anclajes que hay en la roca, y luego tú subes, intentando recordar dónde ha puesto él los pies, sabiendo que cualquier error queda mitigado por tu anclaje a la roca.
Es crucial mantener la concentración, pensar dónde vas a colocar cada pie, dónde vas a apoyar cada mano, y lo más importante, todo el esfuerzo lo tienes que hacer con tus cuádriceps. Si intentas tirar de tu cuerpo con los brazos, te agotas rápidamente y la ascensión termina.
La ascensión y descenso del Matterhorn suelen durar entre 8 y 12 horas. Menos de 8 horas es una hazaña y más de 12 horas comienza a ser peligroso. El descenso es agotador, tanto física como mentalmente, y cuanto más tiempo pasas descendiendo, mayor es el riesgo de accidente. Por eso es vital estar en forma y tratar de mantenerse dentro de ese rango de tiempo. Una referencia clara es el Solvay Hut, un refugio de emergencia situado aproximadamente a dos tercios del camino en distancia y a la mitad en tiempo. Se dice que debes tardar entre dos y dos horas y media para llegar, y cuando lo haces, ya has completado un cuarto del camino. Antes del Solvay Hut, te enfrentas una escalada muy técnica donde la pared se vuelve muy vertical y comienzan a aparecer secciones equipadas con cuerdas fijas.
Llegamos al Solvay Hut, dos horas y diez minutos después de partir, lo cual era un buen tiempo. Fue entonces cuando comencé a creer que la ascensión era posible. No sé si fueron los ánimos de Nino, la preparación de los últimos meses o la ayuda de Pedro desde arriba, pero la realidad es que en ese momento mi corazón respondía, estaba fuerte, animado... y los primeros rayos del amanecer comenzaban a verse. Eran aproximadamente las seis y cuarto de la mañana.
Paramos 5 minutos en el Solvay Hut. Apagamos y guardamos los frontales. Tomamos un par de barritas energéticas y fruta deshidratada y enseguida nos pusimos en camino, ahora en una de las partes más verticales y técnicas de la subida, con bastantes cuerdas fijas y requiriendo mucho esfuerzo físico. Ya era de día y toda la montaña se mostraba en su esplendor. El espectáculo era sobrecogedor. Si sientes vértigo, el Matterhorn no es tu sitio. En todo momento estás expuesto, con metros verticales delante de ti y grandes precipicios debajo. Pero ni los ves ni piensas en ellos. Solo disfrutas del dramático paisaje y del aire que entra en tus pulmones, que, si estás bien aclimatado, entra con fuerza y te proporciona el oxígeno necesario para seguir subiendo.
Una hora después, llegamos a la zona con nieve, y aprovechando el descanso, nos pusimos los crampones, sacamos el piolet y empezamos a avanzar por una combinación de nieve y roca. Media hora después entramos en la parte más técnica de la escalada, en los Upper Moseley Slabs, donde la pared se volvía verdaderamente vertical y las cuerdas fijas ya eran continuas. Subir esas paredes con crampones lleva a sensaciones mixtas. Por un lado, es incómodo pisar roca con ellos; por otro, era increíble cómo las cuchillas de los crampones se agarraban en pequeños salientes de rocas. Simplemente había que seguir concentrado en dónde ponías el pie, dónde la mano, y siempre hacia arriba, siguiendo el mismo método: el guía subía 20 metros, te aseguraba, tú ibas detrás, te enganchabas a un anclaje en la pared, subía 20 metros, te aseguraba, y así sucesivamente hasta el lomo del Matterhorn, lo que llaman el Summit Icefield, ya en la cara norte, con unas vistas espectaculares. En ese momento te quedaban 150 metros para la cima, por una especie de permafrost eterno con una pendiente de aproximadamente 40 grados, donde caminas a un ritmo constante; clavando crampón, clavando crampón, clavando piolet, siempre encordado a tu guía.
En ese momento empecé a sentir cierto respeto a la montaña. Ya no había dónde asegurarte. Estabas tú y tu guía. Si te resbalas, se acabó, pero la realidad es que estáis dos personas con tres apoyos cada uno, y es cuestión de ir tranquilo y subir concentrado. Media hora después, por fin llegamos a la cima, una arista a 4,478 metros. Tardamos 4 horas y 15 minutos en subir. Hacer cumbre fue toda una explosión de sensaciones, con la alegría inmensa de haber coronado el Matterhorn, con el recuerdo de Pedro y en el 25 aniversario de mi boda con mi querida Rocío.
Rocío, que tiene su gracia, dice que pasé nuestro aniversario con mi amante, la Matterhorn, en vez de con ella. Yo le dije que sí, pero que necesitaba conocerla, darle un beso en la frente, y ahí me di cuenta de que la que de verdad quería me estaba esperando en España y tenía que bajar a salvo para verla. A los cinco minutos, después de sacarnos las fotos y vídeos de rigor, echar un rezo a la escultura de bronce de San Bernardo de Montjoux que nos observaba, dar gracias a Dios, tener un recuerdo para Pedro, tal y como subimos, empezamos a descender.
El descenso es al revés. Ahora el que va delante soy yo, y tengo el guía detrás sujetándome con la cuerda constantemente, y asegurándose de que bajo por la dirección correcta y que pongo los pies en el lugar adecuado. Al principio iba bien, pero en la bajada uno empieza a cansarse mucho y Nino, mi guía, que me había estado animando en la subida, se volvía un ser mucho más exigente, dándote instrucciones y lanzándote algún grito cuando, por cansancio, pierdes la concentración y cometes algún error.
En las partes que fueron más técnicas en la subida, el guía te descuelga cuando bajas. Estar colgado de una cuerda, apoyando solo los pies en la pared, con las manos en el aire, e ir buscando sitios en donde poner los pies según te vas descendiendo no es una experiencia apta para personas con vértigo, pero la realidad es que impera mucho más la necesidad de ahorrar energía que evitar el miedo y descender descolgándote es un auténtico lujo. Y así descendimos todo lo ascendido. Tardamos 4 horas y media en subir y unas 5 en bajar. Es curioso; lo sabemos los montañeros; uno piensa que se tarda menos en bajar que en subir cuando suele ser al revés. Estás mucho más cansado, cometes más errores y tardas más. Me encantó llegar al Solvay Hut y desde ahí conecté el móvil. Escribí a Rocío y a mis queridos Rock Friends el siguiente mensaje: “He hecho cumbre y estoy de vuelta en el Solvay Hut. Estoy feliz, agotado y os quiero mucho. Me vuelvo a desconectar y os llamaré cuando esté abajo."
Tardamos dos horas y media en bajar desde el Solvay Hut, siempre utilizando la misma técnica. Ahora usaba cinco puntos de apoyo: pie, pie, mano, mano y trasero, con un ángel de la guarda detrás asegurándome de que no cometía tonterías. El ritmo cardiaco era muy bueno, pero uno está exhausto, sudado, maloliente y con unas ganas tremendas de llegar. A medida que descendíamos, veía el Hörnlihütte al fondo y parecía estar al lado, pero llevo ya muchos años de experiencia en la montaña y sé que por muy cerca que parezca estar, siempre queda mucho. La sensación siempre es de “estoy ahí en media hora” pero tu mente sabe que de media hora, nada, y que te quedan por lo menos dos horas para llegar.
Finalmente, exhaustos, llegamos al Hörnlihütte. Nino y yo nos fundimos en un abrazo. Nueve horas y veinte minutos en total. Había cumplido uno de los grandes sueños de mi vida y como decían cuando estaba en el ejército, experimenté "la íntima satisfacción del deber cumplido" y con las fuerzas recuperadas por dos litros de agua, una cerveza y el rösti con huevos fritos que me zampé en la terraza del Hörnlihütte.
Mi reloj me decía que quemé 4,000 calorías y sudé 5 litros, pero pasé una de las mejores experiencias de mi vida. No hubiese podido hacerlo sin el apoyo y la paciencia de Rocío, mis hijos, mi familia, mis Rock Friends y de Pedro. Nunca lo olvidaré.
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